Bogotá y la sabana viven un verdadero caos de lunes a viernes desde las 6:00 a.m, cuando el ingreso por la Calle 13 se convierte en un trancón insoportable, situación que se repite a las 5:30 p.m., afectando la calidad de vida de cientos de miles de personas que se movilizan entre Bogotá y municipios como Madrid, Mosquera, Funza y Facatativá. Según cifras de movilidad de 2023, más de 146.000 vehículos ingresan diariamente desde la sabana occidente, representando el 13% del total de flujo vehicular hacia Bogotá. Esta presión es insostenible y exige soluciones urgentes.

La Calle 13 fue presentada como el eje estructural de una “ciudad región”, una vía de ocho carriles con carriles mixtos y exclusivos de TransMilenio, andenes, ciclorutas y arborización urbana. La obra fue anunciada en su momento con bombos y platillos por la exalcaldesa Claudia López, el expresidente Iván Duque, el exgobernador de Cundinamarca Nicolás García y los exalcaldes de Madrid, Mosquera, Funza y Facatativá. Se proyectó con una inversión de $4.9 billones de pesos, cofinanciada entre el Gobierno Nacional y el Distrito, con diseños listos y licitaciones previstas para comenzar en 2023.

La realidad, sin embargo, es completamente diferente. Desde la adjudicación de los contratos en mayo de 2023, los tramos 1 y 2 apenas han avanzado en su etapa de preconstrucción. No hay maquinaria en obra, solo documentos, reprocesos, suspensiones y excusas. El tramo 1, que incluye una compleja intersección en Puente Aranda, fue adjudicado por $477.834 millones. El tramo 2, desde la carrera 55 hasta la 69F, por $499.589 millones. Ambos fueron entregados al mismo consorcio ConConcreto S.A. y ConConcreto Proyectos S.A.S.

A pesar de los anuncios, los trabajos están completamente estancados. En el caso del tramo 2, el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) suspendió las obras desde el 17 de julio de 2024 argumentando que no se puede iniciar sin al menos el 50% de los predios adquiridos. Además, el mismo contratista ejecuta la troncal de la Avenida 68, una obra que ya acumula dos años de retraso, lo que incrementa la desconfianza sobre su capacidad para ejecutar esta otra obra vital.

Mientras tanto, los tramos 3 y 4 han fracasado en dos intentos de licitación. En agosto y diciembre de 2023 no se presentó ninguna empresa. La razón, según el sector constructor, fue la falta de garantías técnicas, jurídicas y financieras por parte del Distrito. Desde la planificación hasta la ejecución, se han detectado fallas técnicas en los diseños, problemas en la gestión de predios, descoordinación institucional y una alarmante falta de liderazgo. Incluso los tramos que supuestamente están en ejecución apenas reportan un 97% de avance en la fase de preconstrucción, sin ningún progreso real sobre el terreno.

El 8 de agosto de 2024 se confirmó un nuevo aplazamiento del proyecto, esta vez por errores contractuales del IDU. En diciembre del mismo año, la concejala Sandra Forero denunció un retraso del 42% en las obras viales de Bogotá y un déficit de $2.2 billones en infraestructura. De 72 obras revisadas, 59 presentan retrasos y 68 están desfinanciadas, entre ellas la Calle 13. Lo que se anunció como una solución integral, hoy es una obra empantanada.

Este fracaso no solo es vial, es político. La Calle 13 fue presentada como símbolo de una nueva forma de gobernar la región capitalina a través de la figura de la Región Metropolitana. Sin embargo, lo que prometía ser un modelo de integración eficiente se ha convertido en ejemplo de descoordinación, centralización del poder y falta de participación ciudadana. Si el proyecto bandera está estancado, ¿cómo confiar en la estructura institucional que lo promueve? El descrédito de esta figura amenaza con arrastrar también futuras iniciativas.

Los ciudadanos están cansados. No solo por los trancones y el tiempo perdido, sino por la acumulación de promesas sin cumplir. Están hartos de los anuncios sin resultados, y de ver cómo los mismos actores políticos que no gestionan bien las obras buscan mantenerse en el poder. Mientras algunos ya piensan en campañas para 2026, la Calle 13 y muchas otras infraestructuras del país siguen en pausa. La confianza pública en la ejecución está quebrada, no por falta de recursos, sino por falta de voluntad, planificación y honestidad. Colombia necesita más gerencia y menos retórica. Tal vez la Calle 13 esté lista para 2030, pero lo urgente es que, en 2026, los ciudadanos elijan políticos que sí cumplan lo que prometen. Porque la Calle 13 no es solo una vía, es un espejo de todo lo que no debe repetirse.

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